El ventilador

por ɴᴜʙᴇs ᴅᴇ ʙᴇsᴘɪɴ

“Xgtreiuhb vhyt wastre mjuypouh y twksjusgb”. A este sinsentido de letras añádele una tos perruna y una respiración tosca que ni Darth Vader y tendrás el diagnóstico al completo: caso de bronquitis aguda. El médico, muy listo él, nos dice que evitemos los cambios bruscos de temperatura en verano, pero qué gracia que su consulta parezca el Ártico. Los hombres siempre han sido de sangre caliente, mientras que las mujeres, salvo que sean menopáusicas, no tardamos en ponernos la rebeca por encima. Luego salimos a la calle, no hay rebeca que valga y todos a resoplar y sudar.

Pero oiga doctor, es que hace mucho calor y es imposible no echar mano del aire acondicionado”, alega el sofocante paciente. “Ponga un ventilador, que perjudica menos”, nos dice el matasanos. Pero el jodío no tiene uno en su consulta: tiene puesto el dichoso aire. Mano de santo. Qué ironía salir malos del consultorio médico.

Y para santo y cuestiones de aires, tampoco vayamos a las rebajas porque allí el aire acondicionado se dispara, como la factura de la luz. Y cuando llega la noche no sabemos qué es mejor: si subir y bajar el aire o poner en marcha el ventilador de cuatro aspas que aquello parece un batallón de helicópteros yankies sobrevolando Vietnam. De locos.

Compadezcámonos todos del calor… y de las noches de ventilador.

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