Aeropuertos

por ɴᴜʙᴇs ᴅᴇ ʙᴇsᴘɪɴ

A través de los surcos que dejaban las gotitas de lluvia en los cristales, se podía ver la pista de aterrizaje. Enorme, interminable. El avión rugía como un enfurecido león, haciendo no sé qué maniobra extraña, como si el piloto quisiera “aparcar” aquel colosal vehículo alado de hierro. Yo estaba echa polvo y suponiendo que vería tu cara al despegar por las pequeñas ventanillas. Se abren las compuertas y no quiero despegarme de tus brazos. Una escena digna de Bogart; nadie más que él sabría qué decir en un momento así, y yo con cara de idiota y un nudo en el estómago ante tu indiferencia. Y como no eres Rick ni yo Ilsa, te sale un “vete” y que lamentaré no irme. Pero yo me aferro a ti como náufrago a un salvavidas, susurrando que digas “quédate”. Pero eres cobarde y me dejas marchar.

Ahora me da igual Casablanca o si siempre tendremos París. Sólo espero que haya alguien esperándome allá donde voy. Los motores del avión barren con su sonido tu ausencia conforme yo me alejo de ti elevándome a un cielo gris lleno de niebla. Ahora sólo quedaba la enorme pista con los charcos donde rebotaba la lluvia.

Las manos que dicen adiós son pájaros que van muriendo lentamente.
Mario Quintana, poeta brasileño.
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