El valor de la palabra dicha

por ɴᴜʙᴇs ᴅᴇ ʙᴇsᴘɪɴ

En esta tarde calurosa de verano, tórrida, tranquila y calmada, tan calurosa que hasta estremecería a una suave hoja mecida por el viento, todo parece ser como siempre, sin nada que decir, sin nada que contar. A veces uno se queda sin qué decir más allá del “querido diario” o sin nada que contar con pluma y papel en mano. Parece el comienzo de una novela, de una historia, pero justamente al no tener nada que decir o contar el relato pasa a ser un simple, llano y placentero momento propio de una grata experiencia de escritura. Es entonces cuando tienes algo que decir o contar, sutil, dulce y encantador, como cuan cachorro dormido. Una historia salida de la imaginación no es ni dicha ni contada, simplemente imaginada, como el hada azul que todos alguna vez hemos soñado ver.

Y sin embargo aquí me hallo, con la firme y decidida idea de que jamás se debe escribir una palabra con un fin bajo, sublime o sin valor alguno; con miedo a hablar o moverme por temor a que todo se desvanezca, se esfume y desaparezca de la nada, como un cristal roto en el que ya no puedes verte reflejado. Aquí me hallo, inquieta e infantil, en un espléndido tumulto de arrollador silencio, lo único que se mueve es la gran quietud y paz que todo lo invade.

El silencio o el ahogo de la voz; la palabra que no sale de tu garganta. No podemos penetrar en su misterio infinito, solo vagabundear hasta encontrar la poderosa voz que nos ahoga, el valor de lo que queremos decir… El valor de la palabra dicha.

La palabra dicha solamente tiene el valor del tiempo que permanece en la memoria de los otros
Josep Marc Laporta, sociólogo español.
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